miércoles, 31 de enero de 2007

EL SUEÑO AMERICANO

Todo es empezar. Ponerse manos a la obra y descubrir que en este país que llaman el del tio Sam, los sueños pueden hacerse realidad. La primera regla que enseñan al emigrante que cruza la frontera –dicen que hay uno nuevo cada treinta segundos.- la primera regla de oro debe aprender es a soñar. Soñar solo soñar y nada menos que soñar, si quiere empezar a sentirse todo un estadounidense. Cada día que pase la pregunta a repetir será siempre la misma: estoy despierto o estoy dormido, estoy soñando o solo me imagino que he de aprender a soñar. Por regla general, la ilusión es lo único que nunca debe perderse. Está claro, hay que convencerse. Hay que ser hombre o mujer de provecho con la certeza de saber que se vale, que pronto podrán firmarse cheques por doquier y hasta recibir en casa –con record e historias de buen pagador- la primera prueba de oro para convertirse en ciudadano legal. El cartero debe dejarnos cada mañana en el buzón las diferentes ofertas que después de tanto esperar y rogar nos hacen llegar las mil y una empresas bancarias en forma de codiciada y deseada tarjeta de crédito. Soñar en los Estados Unidos es vivir solo para trabajar. Lo hace quien abre una tienda en la esquina y si fracasa y se arruina puede verse con el privilegio de volverlo a intentar. Es lógico, es la ley. La ruina es una posibilidad, pero con letras pequeñas y con muchos remedios. El arruinado tiene gentes a las que debe, acreedores a los que no puede dejar de pagar. Por eso en los Estados Unidos nunca pasa lo que ha pasado con las cincuenta monjas que en Grecia han desaparecido de un convento. Es más, ahora, si las monjas fueran tan sabias como han demostrado serlo para poner pies en polvorosa, para salir corriendo por la frontera búlgara y dejar que la Iglesia ortodoxa haga frente al millón de dólares que empeñaron en negocios de confección, las monjas habrían puesto rumbo a los Estados Unidos. Habrían montado una tienda junto a la Casa Blanca y todos los días –como la gallega que durante años acampaba junto a las verjas de la residencia presidencial.- soñarían con el llamado sueño americano. Un sueño que en el fondo, sabe perdonar las deudas así como otros no perdonan nunca a sus deudores, convencidos y temerosos –con su muy realista conciencia europea- que sus dineros solo podrán ser recuperados algún día en el infierno.