jueves, 31 de mayo de 2007

... a Rusia con amor

Estados Unidos sabe que tiene a un amigo echando pestes. La orden ha sido recordar de inmediato que en boca cerrada no entran moscas. Mejor no decir ni pio -elección que según parece ha hecho cerca de Madrid la ministra Condolezza Rice- mejor callar que que repetir lo de siempre –opción elegida por algún portavoz de la Casa Blanca- despues de escuchar hoy mismo al presidente Vladimir Putin llamar a este país de todo menos bonito… Incluido ese adjetivo de imperialistas que cuesta hasta digerir cuando hace solo unas horas se vendía como mejor respuesta a los sobresaltos linguisticos un encuentro por todo lo alto en el exclusivo retiro familiar que los Buch tienen en el estado de Maine. No es la Casa Blanca, no es ni tan siquiera el rancho tejano del oeste... Por vez primera desde el año 2000 el presidente de los Estados Unidos tira de la manta y pide a su papa la casa de verano –donde por ejemplo juega al golf el mismisimo Bill Clinton para olvidar que alguna vez llamo idiota a su propietario. Bush se convierte asi en un anfitrión de casa pretada, lo que puede resultar util para convencer a su amigo Putin que su afan por desplegar escudos y fuerzas militares en los viejos territorios soviéticos nada tiene que ver con eso de ser dueño o propietario. Lo primero es lo primero, y a ojos de presidente estadounidense mas une a los hombres principios de andar por casa propia o ajena... A saber: la guerra contra el terrorismo, la crisis energética y -ya puestos- hasta el cambio climático que para eso en Rusia hay mucho Artico. Cosas veredes y mas que tendremos que escuchar. Bush y Putin ya pueden –si quieren- darse un apretón de manos en la cumbre del G8 de Alemania del 6 al 8 de junio. Está por ver después como se las compone el estadounidense para ofrecerle a Polonia su amado escudo y una alianza de las que salen en las fotos… Y ya puestos, esperar a saber como acaba esa invitación personañísima de Bush a Putin, en Maine como decía, donde además de langostas… puede esta vez necesitarse junto al agua diplomática de los brindis, mucho vodka para acabar de pasar la indigestión en la que ahora viven rusos y estadounidenses obligándonos al restos de mundo a recordar aquellos tiempo que en el siglo pasado llamábamos guerra fría.