sábado, 16 de febrero de 2008

Vigilancia electrónica, más y mejor

Estados Unidos puede presumir y presume de marcar las diferencias. No es la Gran Bretaña donde las cámaras de televisión campan por cualquier esquina, la nación mas poderosa de la tierra hace menos ruido si además tiene una filosofía bien distinta a la europea… Aquí es muy común que cualquier ciudadano, cualquier buen ciudadano que es lo que aquí se considera todo hijo de vecino, sea por lo general el mejor policía.(()) George Bush ha dado una vuelta de tuerca a todo esta filosofía de colaboración ciudadana después de los atentados del once de septiembre del año 2001. No basta ser bueno, hay que demostrarlo. Por eso anda a vueltas con el congreso -de mayoría demócrata- para que no jueguen con las cosas de comer. El presidente quiere que las compañías telefónicas sigan siendo colaboradoras anónimas de sus agencias de inteligencia y seguridad y que los jueces no metan las narices donde no deben. Este es el problema. Lo de los cacheos y los detectores de metales en aeropuertos o incluso colegios se ha quedado tan viejo como lo de colocar cámaras de vigilancia en las esquinas de cada barrio, cosa que por si acaso tambien puede ser normal. Lo moderno, lo que pone lo pelos de punta, es controlar al ciudadano sin que se sienta controlado. La cosa es mucho mas fácil de lo que imaginamos, solo se trata de ir sumando informaciones… las cuenta bancaria, los gastos con las tarjetas de crédito o débito, los correos electrónicos, las llamadas telefónicas… Esas que son nuestras mejores huellas dactilares, la mejor identificación y radiografía del sufrido ciudadano estadounidense que -solo cuando vive en año electoral, sin recordarle demasiado la guerra contra el terror, sin mas miedos que llegar a fin de mes- solo entonces es cuando recuerda su inviolable derecho a la privacidad y aquel caduco principio de que sean los jueces los únicos que puedan autorizar la cada vez mas incontrolable necesidad que ha tenido y tiene esta administración de meter las narices en la vida privada de sus administrados a los –antes que nada- parece exigir probar por adelantado su inocencia.