sábado, 28 de julio de 2007

Maui, dirección única

Maui pasa por ser la segunda isla más grande del archipiélago hawaino. Seguro que sí, pero por desgracia es una isla de dirección única. Llegar a Hana, la capital, es una aventura para descubridores y conductores con suerte. La isla esta cortada sin solución de continuidad. Las carreteras del sur, sean al este o al oeste mueren antes o después. Te obligan a dar la vuelta siempre por el mismo camino. Sea eso a mas de 3000 metros de altura o casi cuando pensabas que el peñote de Molokini iba a quedarte al alcance de la mano. Maui guarda secretos a voces que deben visitarse. La costa y sus hoteles excluvivos enseñarán a buscarse la vida. Maui es turismo y se le mima con celo. La venta de alcohol queda prohida antes de la medinoche. No se puede fumar en público y diria yo que tampoco en privado. Hospedarse como fumador es declararse culpable. Hay 150 dólares de multa para quienes violen la norma. No se autoriza a fumar en corredores, ni tan siquiera en terrazas. Queda prohido hacerlo en la piscina o en la playa, aunque doy fe de la especial alegría con la que un fumador de puros engullía sus humos al borde del del mar. Maui es secreto a voces donde enseñarse poco es norma de obligado cumplimiento. Las nubes hacen el resto. Llegar en coche a la cima del cráter de Haleakala es toda una experiencia. No estarás nunca solo pero podrás entender porque esta isla es de única dirección. La visita al Parque Nacional de Haleakala es la mejor oportunidad para oler el peligro. Las advertencias mas civilizadas hablan de andar despacio, pero la verdad es que bajo la denominación de zona biológica los bosques del sur de la isla de Maui están cerrados a cal y canto a miradas de propios y extraños. El contraste está servido. Las cenizas del volcán, el bosque, las cascadas y los riscos, el mar y las altas montañas se dan la mano en una confraternización no siempre apta para seres humanos. En estas circunstancias, el mejor remedio pasa ver y conocer Maui pasa por coger barco o helicóptero. Abandonar una tierra en la que se han visto condenados a vivir plantas y animales exclusivos. El hawaiano de Maui vive -como sus hermanos- mirando al mar. Subido si quiere en una tabla de surf y haciendo del surf y del mar su modo vida. Los surfistas añaden aquí a su indumentaria un remo y buscan subidos en sus tablas las mejores olas. Madrugan y se miran mientras se enseñan. Antes de ir a su trabajo, antes de volver a sus obligaciones, el surf se convierte en la primera oración de un día que siempre puede esperar. El mañana es lento, se abre al horizonte sin prisas, aunque con esas raices que el pasado ha marcado a fuego. Las plantaciones de caña de azucar siguen siendo referencia obligada por estos pagos. Un valle inmenso es tierra fertil y prometida a la que solo pone limite las montañas y el Pacífico. La azucarera lanza humos al viento. Las huelgas de antaño, las protestas obreras que recuerdan en sus libros de historia, han pasado pagina. Ahora el etanol como recurso energético ha pasado a formar parte de una esperanza a la que se añaden gotas de magia. Los siete cortes que ofrece la caña de azucar son negocio rentable. La maquinaria que hoy ha sustiduido a la mano de obra hace el resto. El turismo es la otra cara de la moneda. La ecuación pefecta para que Maui, con sus reglas y normas propias, con sus carreteras de ida y vuelta, se haya quedado obligada a marchar en una sola dirección.