lunes, 23 de julio de 2007

Big Island, tour pasado por agua


La llamada Isla Grande hawaiana se nos ha escondido entre la niebla y la lluvia. Big Island o Hawai es una sucesión de montañas enormes donde las playas públicas están tomadas por el grito de la independencia. Los volcanes han dejado para siempre su sello y su marca. El sur más sur de los dominios estadounidenses acaba en escarpadas aristas volcánicas que caen sobre el Pacifico. Hawai no esta hecho para turistas que solo busquen tumbarse al sol. Los aventureros, con sol en lo más alto, pueden empezar por la ruta 11 que muere en la carretera 19, un tour circular con más de 250 millas para divertirse al volante. Hilo pasa por ser con la ciudad de Kona los dos puntos de referencia, este y oeste sin más comunicación que el círculo. Ciudades de bolsillo para una isla con muy pocos servicios. Quien se apunte a la aventura puede recurrir al hotel de playa exclusiva o a la casa de alquiler pegada al Parque Nacional de Volcanes, obligado punto de referencia para entender dónde estamos y adónde podemos llegar. Big Island tiene los picos y montañas mas altas del archipiélago. Mauna Kea será visita obligada con bufanda y abrigo. El considerado mejor observatorio del mundo –W.M.Keck- está situado cerca de la cumbre, a mas de 3500 metros de altitud, con la oferta de coger a pie la senda que a través de doce kilómetros te lleva hasta el cráter del volcán. La ruta no está exenta de tentaciones. Moon Valley fue el centro de entrenamiento donde los astronautas del Apolo practicaron los movimientos lunares que luego realizara el Rover en 1960. La carretra arenosa de 89 millas que une Hilo con Wainea y la lluvia incesante nos han dejado con las ganas de añadir imágenes tan espectaculares como las fumarolas y los gases que desde siglos sigue lanzando al aire sus primos hermanos en terreno más accesible y propicio para visitas. Los veinte kilómetros que circunvalan la llamada caldera dónde emergen los cráteres de Kilauea Iki y Halema’uma’u son las referencias obligadas de Volcano Nartional Park. Hay gato por liebre, además de Nenes paseando su aureola local de ave-insignia y recuperada que pasea y vuela por Big Island como Pedro por su casa. Si los volcanes en actividad entran en erupción. -el 21 de julio fue la 57 ocasión registrada este año- la visita se cierra al público y debe uno recurrir a fotos y películas. La contra-oferta es un viaje en helicoptero para ver como la lava cae dobre el Pacificio, pero atención a las indicaciones del parque antes de gastar unos doscientos dólares por cabeza. A veces, el volcán o volcanes de Big Island se toman un respiro y como ha sucedido en nuestro paso por la isla, junto al agua, se apagaron los efluvios que desde el centro de la tierra llegan a la superficie a mas de 1200 grados centígrados y con tanta prisa como para arrasar lo que pillan a su paso a una velocidad de 35 millas la hora. Volcano deja abiertas otras cientos de oportunidades sin saborear las mas esperadas. El recorrido circular ofrece balcones y puntos de observación curiosos y estremecedores. Hay un museo para buscar respuestas a las cosas que es capaz de hacer la madre naturaleza. Un tubo de lava electrificado para curiosos y hasta una boca mucho mas negra y natural donde se invita a los valientes a sentirse engullido por los restos que dejaron siglos de lava. Las tarjeta de presentación y las apotaciones que al Parque hicieron las erupciones mas recientes -ninguna en este siglo XXI- son fotografiadas por doquier. La costa de Big Island es pues una costa volcánica donde hasta no es imposible compartir con tortugas dormilonas arenas negras y pegajosas en las que rompe con furia el Pacífico, proporcionando olas a los surfistas que por aqui no tienen que pelearse ni por playas, ni por espacios que siguen a la espera de encontrar dueño. Big Island es en pocas palabras una isla enorme pero a todas luces despoblada. Un eterno círculo que acaba resultando vicioso e insoportable. La consecuencia es por lo general encontrarte falto de servicios, necesitado de mejores comunicaciones y a la postre deseoso de cambiar de ambiente. Las ofertas son tan limitadas como el llamado Café de Kona, auténtico elipsir y reclamo de la isla, al que es posible añadirle sabores propios o ajenos según los gustos del momento. Y el gusto es ahora seguir el viaje, y soñar con que otros vendrán para descurbir o seguir pensando en pasado lo que fue un volcán en erupción o un tsunami, aquella ola ola gigante de 17 metros, como el que arrasaba Hilo en 1946 la mañana del primero de abril del pasado siglo.