lunes, 31 de marzo de 2008

El plan Henry Paulson

La propuesta mas llamativa del llamado Plan Paulson pasa por convertir a la Reserva Federal en la gran "superpolicía" del sistema financiero. Una Reserva que tendría el poder y privilegio suficiente como para enviar a sus agentes -inspectores, llamamos en España- a husmear en las cuentas de bancos de inversión, compañías de seguros, fondos de riesgo y cualquier otra entidad que amenace la estabilidad del entramado financiero. El plan –detallado en 218 folios pensados y analizados por el gabinete de Paulson durante este ultimo año, la misión mas delicada desde que dejara los entramados de Goldman Sachs entidad de la que salio catapultado al sillón ministerial- contempla eliminar o fundir un gran número de agencias reguladoras bajo la dirección de tres únicas entidades. La Reserva Federal vigilaría la estabilidad de los mercados, mientras que dos organismos de nueva creación se ocuparían -el primero- de la salud financiera de los bancos y -el segundo- de la protección a consumidores e inversores. Aunque asi visto pueda parecer una respuesta a la crisis actual, la receta debería corregir la normativa que hasta hoy ha estado vigente desde la Gran Depresión, aquel 29 del pasado siglo al que los Estados Unidos llegaban prácticamente con un banco en cada esquina -murieron mas de 6000 en todo el país- al establecerse tan solo el control de la buena fe, máxima siempre muy presente como es la de tener menos gobierno méteme en todo razón por la que hasta entonces ni se veía necesaria la existencia de un banco central que actuase como regulador. La idea que ahora ofrece Paulson y que ha sido de inmediato bendecida y santificada por santones de Wall Strett –amen de ricachones y empresarios alcaldes como el neoyorkino Bloomberg- la idea central de la reforma presentada por Henry Paulson pasa por establecer sin mas dilación o retrasos una comisión federal que supervise el mercado hipotecario, un mercado que en la actualidad sigue controlado –si así puede decirse- por las muy diferentes ideas y reglas que delimitan y de forma a veces bien distinta las autoridades estatales, cincuentas estados, que aceptan siempre a regañadientes las exigencias que desde Washington quieren recortar sus poderes o prerrogativas. Ni que decir tiene que todo el programa deberá encontrar el beneplácito del Congreso, un Congreso que se hará rogar y que por ahora tiene entre sus prioritarias atenciones las próximas elecciones generales y presidenciales capaces de alterar y dar la vuelta como un calcetín al mapa político actual.