viernes, 13 de marzo de 2009

La reforma sanitaria que no llega

La reforma sanitaria en los Estados Unidos es una de la tres patas al banco que Barach Obama quiere instalar en el parque del futuro. Sus mensajes repiten desde hace tiempo una asignatura pendiente en un país donde más de una cuarta parte de la población carece de seguro sanitario. La visita al médico para tratar a un enfermo, la infección con fiebre que necesita de antibióticos, la vacuna obligatoria con la que presentarse en la escuela, las medicinas recetadas para aliviar los dolores... todo vale y todo de paga en un pais donde la sanidad es parte del gran negocio. A finales del pasado año, mi familia estaba asegurada por 1.400 dólares mensuales. A pesar de esa tarifa alta, una parte fija de las consultas -25 $, generalmente- y muchas medicinas se acababan pagando en su totalidad. Las empresas de seguros sanitarios y las farmacéuticas son al final quienes marcan e imponen su ley. La reforma debería empezar por reconocerlo, pero los padres de la patria saben que esa revolución podría acabar menoscabando sus propias influencias. Hace unas semanas, la Casa Blanca organizaba una cumbre de salud a bombo y platillo. Es difícil entender y explicar en español de qué va esta fiesta y mucho más difícil todavía si se pretende seguir en los medios de comunicación. El debate -si quiere hacerse de verdad- promete ser de colisión de trenes. Siempre queda la formula descafeinada, la formula que por desgracia es la que en estos días parece llevar las de ganar. Estados Unidos estudia su futuro sanitario sin contemplar el llamado sistema de pagador único. Esa filosofía esconde una solución a priori altamente peligrosa: acabar con los intermediarios y en primera persona con las agencias o aseguradoras privadas. Barack Obama lo sabía y lo sabe, pero ha preferido tener cerrarada esa puerta para soñar con lo posible. El Congreso estudia un proyecto descafeinado con el que aplacar las mas urgentes necesidades. Mas ciudadanos asegurados pero con aseguradoras a las que pagar incluso desde el gobierno. John Conyers, democráta por Michigan, se encarga hasta donde le dejan de ser el pepito grillo de las conciencias. Hace unos dias trataba de que Marcia Angell y Quentin Young fueran invitados a la cumbre sanitaria de la Casa Blanca. Se quedó con las ganas, entre otras muchas razones porque el presidente Barack Obama sabe muy buien como se las gastan y qué defienden la primera mujer en ocupar el cargo de editora jefe del New England Journal of Medicine y el que fuera el médico del Rev. Martin Luther King Jr. cuando éste vivía en Chicago. La reforma sanitaria que algunos quieren y que nadie hoy explica en los Estados Unidos es la que trata de evitar pagar por la salud a intermediarios que finalmente han acabado convirtiéndola en un gran negocio.