domingo, 8 de octubre de 2006

... A LA PUERTA DE LA CASA BLANCA

Estamos de suerte, hemos pasado otra semana de otoño y la vida sigue sin grandes sobresaltos o los sobresaltos propios de casa sexos. En los Estados Unidos, acaba uno por acostumbrase a que todo puede ser posible… hasta lo que a priori parece imposible. No tenemos que recordar hechos recientes de nuestra historia para concluir que en este país, la realidad puede siempre superar la ficción… por eso la fábrica de los sueños que es Hollywood, hace películas con un sello que imprime carácter y que al fin de cuentas, puede llevarnos a hacer pensar que para llegar a conocer la esencia y los fundamentos en los que esta basada la idiosincracia de los Estados Unidos hay que saberse al dedillo las cosas que airean, pregonan, dicen y hasta callan en la pantalla grande. Pero claro, una cosa son las películas y otra bien distinta los escenarios de película que por esas casualidades del destino e imperativo laboral reconoces como propios por equivocada ecuación. Me explico, había llegado el Príncipe de Asturias don Felipe de Borbón, a la Casa Blanca con motivo de la celebración del mes de la Herencia Hispana. Y allí que estábamos todos. Los plumillas y los no plumillas, los chicos y chicas de la radio y la televisión, los camarógrafos con sus trípodes y hasta esa ola de curiosos que nunca faltan alrededor de las verjas de la Casa Blanca. Era viernes y llovía, pero llovía como cuando en los Estados Unidos llueve con mala leche (cosa que además es frecuente en este país, donde hasta con el agua que cae del cielo hay que demostrar que aquí las son o se hacen a lo grande. Tan a lo grande como resulto ser nuestra acreditación para poder acceder a la Casa Blanca. Claro que si aquí todo es exagerado, no se como podríamos decir lo exagerados que somos en España. La que podemos organizar si esta de nuestra mano pregonar que el Príncipe de Asturias ha llegado a la Casa Blanca. Pues eso, que no éramos uno, ni dos, ni tan siquiera una docena. Éramos o parecíamos ciento y la madre poniéndonos como chupas a las puertas de la Casa Blanca. Hora y media estuve viendo las andazas de los policías de seguridad en su garita y a cubierto -jugueteaban con ordenadores y teléfonos- requerían la presencia de más tropa para contener a los airados informadores que después de todo ese tiempo -exigían con vehemencia pasar cuanto antes, evitar y ponerse a cubierto del chaparrón y disponer de ese corralito informativo donde cámaras y cajas de sonido se pelean por el mejor tiro –la mejor imagen, en el argot- o por llegar a comprobar que todo funciona convenientemente para ser grabado. Al final, mi nombre como el de otros compañeros, no estaba en la lista… Esperar para nada, pensé. Un consuelo, George Bush, ni tan siquiera el Príncipe de Asturias, tendrán que enterarse de los avatares que para verles tuvieron que pasar los periodistas acreditados para seguir el acontecimiento. O para no seguirlo, aunque en ese caso, y si a mí me lo preguntan, aprendí una lección: en la Casa Blanca donde vive y trabaja el presidente de los Estados Unidos, George Bush, se trata mejor a los perros policías cuando llueve y caen chuzos de punta que a los informadores con pasaporte español.


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