martes, 22 de febrero de 2011

23-F

Hace treinta años, vivir en el madrileño barrio de Argüelles con un coche matriculado en San Sebastián era una provocación. Algunos dias se pagaba en prendas, porque tu coche aparecía rallado o con los cristales exteriores hechos añicos por las circunstancias. Circunstancias... eso en 1981 un día como hoy podía traer miga. Por eso, cuando Tejero entró en el Congreso de los Diputados lo primero que se me vino a la cabeza fue poner pies en polvorosa. Llamé a mi casa, donde nadie estaba para aumentar mi precaución. Lo hice entonces al revés. Intenté ponerme en contacto con San Sebastián donde creía debía estar mi destino. Eran las seis y media de la tarde y la sorpesa fue mayúscula. ¨Pero es que no lo sabes... al militar que esperan en el Congreso es al general Armada. Eso es lo que dicen desde hace meses los corredores de comercio por todo el Pais Vasco¨ Toma ya, pensé colgando el teléfono para confundir aun más mis movimientos. Me dicen en San Sebastian que Armada es a quien esperan en el Congreso. ¨Pues si es verdad, démonos por jodidos¨ fue la respuesta de mi director antes de mandarme a paseo. Hace treinta años y con un coche matriculado en San Sebatián pude llegar en media hora desde Prado del Rey a las puertas del Congreso. Nada ni nadie me impidió estar pasadas las siete de la tarde justo delante de los leones de la Carrera de San Jerónimo y justo detrás de una cabina telefónica de lo más solicitada. La asonada era un auténtico vodevil. Los guardias civiles se comunciaban con sus familiares a golpe de paso y peseta. ¨María, que estamos en el Congreso. Vaya alfombras, las botas se unden un palmo y ni te enteras. Te llamo porque tienes que ir al economato y llenar la nevera que esto puede ir para largo...¨ La tropa era tan sincera como telegráfico el mando militar que vestido de civil comunicaba novedades a la capitania general de Cataluña. A las ocho y minutos en mi radio sonaban marchas militares y yo -haciendo cola y escuchando extasiado las conversaciones de la cabina- llamaba al teléfono de mi director para comunicarle como unos estaban felices por pisar alfombras y otros esperaban el santo y seña que por palabra de Rey nunca llegó hacerse realidad.