jueves, 3 de marzo de 2011

Raseros para medir

La escandalosa y continuada subida del precio de los combustibles nos quita el sueño desde hace unas semanas. Los más agoreros se han atrevido a insinuar que de aquí al verano el precio del barril de crudo estará pagándose a unos 200 dólares. Los más optimistas, el jefe de la banca estadounidense entre ellos, confian en que los grifos de la OPEP se abrán antes de tamaña tropelía. Los ciudadanos del mundo están divididos en dos mitades. Los unos, mientras se mueren de hambre, salen a las calles rezando para que no les caigan encima las bombas de los dictadores. Los otros, se los miran y hasta se solidarizan con esa mano tendida que más que dar parece que pida recuperar la espita perdida. Unos pocos tienen el petroleo y la revolución en casa. Otros se manejan con la crisis y hablan de alternativas enérgicas con las que ya han conseguido encarecer alimentos de primera necesidad. No hay nadie capaz de ponerle el cascabel al gato. Un atrevido gasolinero estadounidense preconiza a su estilo un remedio tan elemental como práctico. Al mal tiempo, buena cara. Es un truco, pero con la que está cayendo vender duros a una peseta levanta el ánimo aunque sea mentira. Tan mentira como saber que la peseta ya no es moneda de cambio y que el euro sigue ganando batallas al todopoderoso dólar. No hay recetas maravillosas, ni tan siquiera cuando el gobierno de turno dice hacerse el araquiri en aras del ahorro. Nadie ya se chupa el dedo, tal vez porque hoy es más caro que ayer el papel con el que secárselo. Una solución pasa por cambiarse de gafas. Lo acaban de hacer la Fundación de las endeudadas Cajas españolas de Ahorro (FUNCAS). Su estudio es tan práctico como esperanzador. Si el paro español estuviese a punto de alcanzar la cifra record de cinco millones de cruzados de brazos, la madrileña Puerta del Sol sería un arrabal de la Plaza de la Liberación egipcia. La conclusión es de cajón y me recuerda a la ocurrencia del gasolinaro estadounidense: en España hay cuatro millones de puestos de trabajo que no están declarados para consuelo de todos.