sábado, 21 de agosto de 2010

En agosto, Atlántico diferente




Hay costumbres que matan y costumbristas que no saben ni quitarse el vicio de dejar el coche en casa. Este fin de semana, muchos estadounidenses han aprovechado el ferragosto para darse un baño a la vuelta de la esquina. La esquina en los Estados Unidos es siempre grande. Y siempre tiene algo que le hace diferente a las demás. Este es el secreto, aunque siempre sin generalizar para que no sea tu vecino el que levante el dedo. Mojar el culo en verano es una necesidad que clama al cielo. Mojarlo en el Atlántico es un derecho de cualquier ciudadano y hasta de esos miles de turistas que desde el estado de Florida hasta el estado de Maine -pasando por Delaware- hacen su particular canto al sol. Los estadounidenses son un número y más cuando se les deja ser como son. Este fin de semana, como tantos otros que tiene el año, hay que abrir los ojos para soprenderse con lo que llega a ser cotidiano. Gozosas diferencias (o extrañas) según cómo se mire lo que pasa a un lado y otro de las costas. Aquí un todo terreno puede llegar a la playa con la misma naturalidad que una rubia se despelota en la otra orilla. Si el niño llora es porque su pie ha dado contra el sedal de una caña y no porque el papa le haya puesto la mano encima. Es verdad que hay gente para todo, pero es muy extraño que un estadonidense de un grito o levante la voz más de la cuenta. Aburridos, seguro pero educados más. Son eduacados incluso para recoger las basuras antes de levantar el vuelo. Tienen espacio y lo cuidan sin la obligación de arremolinarse para chupar del botellón de cerveza y compartir el bocata de calamares. Es curioso lo que uno puede aprender con solo sentarse en una playa de los Estados Unido. Salvo alguna bandera pirata los bañistas prefieren adonarse con la bandera de las estrellas. Si beben, lo hacen con moderación y abriendo ligeramente el porton-frigorífico de su todo-terreno. Si hay alcohol lo disimulan, lo visten de papel no vaya a ser que venga Paco con la rebaja. Disfrutan en familia y beben solos. Tan solos que luego ni juegan al mús ni fuman puro echando el humo al primero que se les viene encima. La playa de Cape Henlopen cuesta ocho dólares para los coches no matriculados en Delaware. La mitad si eres de casa, si vienes de las cercanas Lewes o Rehobot, y siempre sin importar mucho si en el coche viajan uno o doscientos. Gajes del oficio y necesidad de que otros paguen los impuestos que Biden prefirió perdonar durante muchos años a sus votantes. El Atlántico en Delaware es un Atlántico diferente. No hablan en gallego ni en portugués -por no hablar ni hablan en español- pero cobran en dólares. La diferencia salta a la vista. Hay listas de espera de empresas y empresarios para montar sus chiringuitos en Delaware. No será en la playa Biden donde hagan los negocios, pero con tanto coche y todoterreno apalancado en la arena el que no abra el ojo ya puede irse a veranear a otro barrio. A la fueza ahorcan.

1 comentario:

Ricardo Dudda Pérez dijo...

Genial artículo. Hay grandes diferencias entre la cultura playera estadounidense y la de bocadillo de calamares, fritanga de chiringuito y Georgie Dann de Torremolinos y Benidorm.
Te felicito (supongo que no soy el primero ni seré el último en hacerlo) por tu excelente blog. Tus pericias estadounidenses me hacen sentirme orgulloso de ser medio maragato y futuro periodista (veo que Leopoldo Panero no era el único gran astorgano).
Un saludín.

Ricardo Dudda Pérez