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jueves, 3 de marzo de 2011

Raseros para medir

La escandalosa y continuada subida del precio de los combustibles nos quita el sueño desde hace unas semanas. Los más agoreros se han atrevido a insinuar que de aquí al verano el precio del barril de crudo estará pagándose a unos 200 dólares. Los más optimistas, el jefe de la banca estadounidense entre ellos, confian en que los grifos de la OPEP se abrán antes de tamaña tropelía. Los ciudadanos del mundo están divididos en dos mitades. Los unos, mientras se mueren de hambre, salen a las calles rezando para que no les caigan encima las bombas de los dictadores. Los otros, se los miran y hasta se solidarizan con esa mano tendida que más que dar parece que pida recuperar la espita perdida. Unos pocos tienen el petroleo y la revolución en casa. Otros se manejan con la crisis y hablan de alternativas enérgicas con las que ya han conseguido encarecer alimentos de primera necesidad. No hay nadie capaz de ponerle el cascabel al gato. Un atrevido gasolinero estadounidense preconiza a su estilo un remedio tan elemental como práctico. Al mal tiempo, buena cara. Es un truco, pero con la que está cayendo vender duros a una peseta levanta el ánimo aunque sea mentira. Tan mentira como saber que la peseta ya no es moneda de cambio y que el euro sigue ganando batallas al todopoderoso dólar. No hay recetas maravillosas, ni tan siquiera cuando el gobierno de turno dice hacerse el araquiri en aras del ahorro. Nadie ya se chupa el dedo, tal vez porque hoy es más caro que ayer el papel con el que secárselo. Una solución pasa por cambiarse de gafas. Lo acaban de hacer la Fundación de las endeudadas Cajas españolas de Ahorro (FUNCAS). Su estudio es tan práctico como esperanzador. Si el paro español estuviese a punto de alcanzar la cifra record de cinco millones de cruzados de brazos, la madrileña Puerta del Sol sería un arrabal de la Plaza de la Liberación egipcia. La conclusión es de cajón y me recuerda a la ocurrencia del gasolinaro estadounidense: en España hay cuatro millones de puestos de trabajo que no están declarados para consuelo de todos.

sábado, 19 de febrero de 2011

Las revoluciones del hambre

Los politólogos no usan tenedores, por eso cuando el hambre está en los orígenes de una revolución cualquier previsión puede resultar gratuita. La pobreza explica demasiadas cosas aún a pesar de quienes se tapan los ojos y miran hacia otro lado. Egipto y sus más de 85 millones de habitantes han conseguido sumar una renta per cápita de 6.200 dólares. Mentira, son las cuentas de la abuela. Dos de cada cinco egipcios viven por debajo de lo que se considera el umbral de la pobreza. Más de 30 millones no disponen ni tan siquiera de dos dólares diarios. Es la otra cara de la moneda que todavía no ha salido en las televisiones del mundo, la que no enseñan los ejercito en el poder cuando ordenan que la gente vuelva a casa, esa gente-masa que agita banderas con la esperanza de ganarse un currusco de pan después de las mejoras salariales que han pedido a gritos por las calles de El Cairo. La suerte del Egipto sin Mubarak es al final tan poco importante como la Libertad sino va acompañada por un plato de lentejas. Son las revoluciones del hambre las que acaban convertidas en revoluciones de cinco tenedores. Al fin de cuentas, se llamen como se llamen, el miedo acaba inquietando a los dueños de los restaurantes. Pueden decir que esto solo es el principio. Hablar de transición y esperanza. El efecto dominó, el contagio en este mundo en crisis está garantizado. Unos tiran tiros y otros tiran piedras, reyes y vasallos, árabes y judios, musulmanes y católicos, oriente y occidente, terroristas y víctimas... Y solo por un poco de pan y vino con los que poder seguir haciendo camino al andar.