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lunes, 27 de febrero de 2012

Papiloma (VHP) y negocio

Estados Unidos es un país donde resulta más fácil comprarse una bolsa de palomitas que hacer efectivo el derecho universal a la salud. No es exagerado decir que los ciudadanos de la primera potencia del mundo están obligados a mendigar ayudas especiales cuando una grave enfermedad les aparta de su vida cotidiana. Llama poderosamente la atención que paguen más que nadie por las medicinas que inventan en sus laboratorios y que acaben obligando al resto del mundo a asumir antes que nadie sus miedos y prevenciones. Una de esas grandes batallas es la lucha contra el llamado papiloma humano. Hace solo unos años, todas las niñas mayores de 12 años fueron obligadas a vacunarse con tres dosis que cada familia estaba obligada a comprar por su cuenta y riesgo. Cuando empezaron las complicaciones, cuando la vacuna garantizaba solo el éxito sobre dos de las cien clases de virus que puede llegar a provocar el cáncer en el cuello del útero, las autoridades empezaron a dar macha atrás y pensarse dos veces eso de prevenir a la fuerza sin valorar otras consecuencias. Para entonces, toda niña extranjera que quisiera acceder a la residencia o ganarse la ciudadanía estadounidense había sido vacunada con una primera dosis como lo eran por obligación las niñas de algunos Estados como el muy conservador estado de Texas. La historia ha seguido coleando hasta que todavía en el día de hoy, puestos hacer números y previsiones, las autoridades sanitarias han llegado a la conclusión que deben ser vacunados también los chicos mayores de doce años. La explicación, además del negocio, resulta obvia. Sus juegos y actividades sexuales con el sexo opuesto pueden convertirles en serios portadores de una enfermedad que en todo caso nunca debe tomarse a broma.

viernes, 13 de marzo de 2009

La reforma sanitaria que no llega

La reforma sanitaria en los Estados Unidos es una de la tres patas al banco que Barach Obama quiere instalar en el parque del futuro. Sus mensajes repiten desde hace tiempo una asignatura pendiente en un país donde más de una cuarta parte de la población carece de seguro sanitario. La visita al médico para tratar a un enfermo, la infección con fiebre que necesita de antibióticos, la vacuna obligatoria con la que presentarse en la escuela, las medicinas recetadas para aliviar los dolores... todo vale y todo de paga en un pais donde la sanidad es parte del gran negocio. A finales del pasado año, mi familia estaba asegurada por 1.400 dólares mensuales. A pesar de esa tarifa alta, una parte fija de las consultas -25 $, generalmente- y muchas medicinas se acababan pagando en su totalidad. Las empresas de seguros sanitarios y las farmacéuticas son al final quienes marcan e imponen su ley. La reforma debería empezar por reconocerlo, pero los padres de la patria saben que esa revolución podría acabar menoscabando sus propias influencias. Hace unas semanas, la Casa Blanca organizaba una cumbre de salud a bombo y platillo. Es difícil entender y explicar en español de qué va esta fiesta y mucho más difícil todavía si se pretende seguir en los medios de comunicación. El debate -si quiere hacerse de verdad- promete ser de colisión de trenes. Siempre queda la formula descafeinada, la formula que por desgracia es la que en estos días parece llevar las de ganar. Estados Unidos estudia su futuro sanitario sin contemplar el llamado sistema de pagador único. Esa filosofía esconde una solución a priori altamente peligrosa: acabar con los intermediarios y en primera persona con las agencias o aseguradoras privadas. Barack Obama lo sabía y lo sabe, pero ha preferido tener cerrarada esa puerta para soñar con lo posible. El Congreso estudia un proyecto descafeinado con el que aplacar las mas urgentes necesidades. Mas ciudadanos asegurados pero con aseguradoras a las que pagar incluso desde el gobierno. John Conyers, democráta por Michigan, se encarga hasta donde le dejan de ser el pepito grillo de las conciencias. Hace unos dias trataba de que Marcia Angell y Quentin Young fueran invitados a la cumbre sanitaria de la Casa Blanca. Se quedó con las ganas, entre otras muchas razones porque el presidente Barack Obama sabe muy buien como se las gastan y qué defienden la primera mujer en ocupar el cargo de editora jefe del New England Journal of Medicine y el que fuera el médico del Rev. Martin Luther King Jr. cuando éste vivía en Chicago. La reforma sanitaria que algunos quieren y que nadie hoy explica en los Estados Unidos es la que trata de evitar pagar por la salud a intermediarios que finalmente han acabado convirtiéndola en un gran negocio.