La película cinco estrellas en
las que cada cuatro años se convierte el Mall de Washington volvió a lucir el
cartel de no hay billetes. Si tuvieramos que vivir algo parecido en España
tendriamos que aprender antes a convivir con la paciencia… No, no paciencia política que de eso sabemos,
sino de paciencia urbana como para comprender que en las grandes
conglomeraciones de masas quienes salen perdiendo son siendo los protagonistas,
generalmente los ciudadanos. Para llegar al Mall de Washington (además del
consabido frio y las horas de estar en pie) hay que cargarse con muchas
toneladas de paciencia. Desde las tres de la madrugada hasta bien pasadas las
seis de la tarde cinco kilómetros de largo por dos de ancho son intransitables
para todo aquello que no sea un vehículo oficial. El premio a la paciencia es
escuchar desde muy lejos y ver en grandes pantallas de alta definición como el presidente
de los Estados Unidos jura y después hace un canto a la libertad e igualdad de
los seres humanos. Se acaba pronto, casi tan pronto como una vez que empieza.
El regreso a casa –como la llegada al Mall- es lo más parecido a borregos camino del
matadero. Hay solo una gran diferencia, muchos repetirian encantados dentro de cuatro
año.
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martes, 22 de enero de 2013
Paciencia
La película cinco estrellas en
las que cada cuatro años se convierte el Mall de Washington volvió a lucir el
cartel de no hay billetes. Si tuvieramos que vivir algo parecido en España
tendriamos que aprender antes a convivir con la paciencia… No, no paciencia política que de eso sabemos,
sino de paciencia urbana como para comprender que en las grandes
conglomeraciones de masas quienes salen perdiendo son siendo los protagonistas,
generalmente los ciudadanos. Para llegar al Mall de Washington (además del
consabido frio y las horas de estar en pie) hay que cargarse con muchas
toneladas de paciencia. Desde las tres de la madrugada hasta bien pasadas las
seis de la tarde cinco kilómetros de largo por dos de ancho son intransitables
para todo aquello que no sea un vehículo oficial. El premio a la paciencia es
escuchar desde muy lejos y ver en grandes pantallas de alta definición como el presidente
de los Estados Unidos jura y después hace un canto a la libertad e igualdad de
los seres humanos. Se acaba pronto, casi tan pronto como una vez que empieza.
El regreso a casa –como la llegada al Mall- es lo más parecido a borregos camino del
matadero. Hay solo una gran diferencia, muchos repetirian encantados dentro de cuatro
año. miércoles, 24 de agosto de 2011
Cerrado por terremoto
Muchos acababan de comer y otros pocos ni habiamos empezado. Suele ocurrir en los Estados Unidos, donde un recién llegado puede llegar a pensar que en este país se come a todas horas. Se come, pero no se tiembla como ha ocurrido en la que resultó ser agitada sobremesa. Un terremoto en Washington DC es más que un día de nieve. Se siente y se sufre, pero al menos después del tembleque se puede coger un coche para estudiar las consecuencias. No hay que ponerle cadenas, ni temer a los resbalones... Solo cabe la posibilidad de encontrarse con alguna calle cortada por esa poda natural a la que se somenten los frondosos árboles de esta ciudad-jardín. Washington DC está de suerte después de 
haber soportado uno de los veranos mas sofocantes de su historía. La capital federal de los Estados Unidos se ha librado por los pelos de escribir una tragedia. No hay víctimas ni daños personales, todo un éxito para un día donde los corazones latieron a mil por hora. Un terremoto vivido en casas de madera y con forro de ladrillo pone los pelos de punta. Un segundo es una eternidad. Y si el movimiento y el ruido -ruido mucho ruido- alcanzan el mínuto de reloj es fácil llegar a ver las puertas del infirno. Todo es tan rápido como lento el recuento de daños. Si nos atenemos a las estadísticas, una movida de 5.8 con epicentro en Richmond (Virginia) es un milagro si acaba en anécdota. Y el santo, el patrono de este final feliz no puede ser otro que el mismísimo obelisco construido en memoria de George Washington. Sí, el Monumento Nacional que descansa en el Mall frente a la Casa Blanca como memoria del que fuera el primer presidente de los Estados Unidos paga las consecuencias. Se cierra indefinidamente al detectar los ingenieros una peligrosa grieta en las alturas. El pinganillo más grande de su serie, la construcción más alta de Washington -555 pies o lo que es lo mismo 169 metros con 164 milímetros y más de 40 toneladas de peso- ha echado el cierre hasta nueva orden. No es la primera vez, tampoco será la última aunque el pirulí de George Washington es más que un monumento. Su historia tiene mucho que ver hasta con la de los sueños que tanto alimentan a este país. El arquitecto Mills proyectaba algo diferente cuando en 1833 le hicieron el encargo. Casi cuarenta años tardaron todos en ponerse de acuerdo y entre medias hasta una piedra donada por Pio IX acabó en el fondo de las aguas del Potomac. Las anécdotas alrededor del obelisco no debieran despacharse de un plumazo. El edificio más alto del mundo hasta que construyeron la Torre Eiffel en París sigue siendo el edificio más alto de Washington... y lo seguirá siendo incluso cerrado por terremoto si nadie modifica las ordenanzas de urbanismo de 1910 donde se prohibe hacer edificios más altos que el ancho de la calle más seis metros.

haber soportado uno de los veranos mas sofocantes de su historía. La capital federal de los Estados Unidos se ha librado por los pelos de escribir una tragedia. No hay víctimas ni daños personales, todo un éxito para un día donde los corazones latieron a mil por hora. Un terremoto vivido en casas de madera y con forro de ladrillo pone los pelos de punta. Un segundo es una eternidad. Y si el movimiento y el ruido -ruido mucho ruido- alcanzan el mínuto de reloj es fácil llegar a ver las puertas del infirno. Todo es tan rápido como lento el recuento de daños. Si nos atenemos a las estadísticas, una movida de 5.8 con epicentro en Richmond (Virginia) es un milagro si acaba en anécdota. Y el santo, el patrono de este final feliz no puede ser otro que el mismísimo obelisco construido en memoria de George Washington. Sí, el Monumento Nacional que descansa en el Mall frente a la Casa Blanca como memoria del que fuera el primer presidente de los Estados Unidos paga las consecuencias. Se cierra indefinidamente al detectar los ingenieros una peligrosa grieta en las alturas. El pinganillo más grande de su serie, la construcción más alta de Washington -555 pies o lo que es lo mismo 169 metros con 164 milímetros y más de 40 toneladas de peso- ha echado el cierre hasta nueva orden. No es la primera vez, tampoco será la última aunque el pirulí de George Washington es más que un monumento. Su historia tiene mucho que ver hasta con la de los sueños que tanto alimentan a este país. El arquitecto Mills proyectaba algo diferente cuando en 1833 le hicieron el encargo. Casi cuarenta años tardaron todos en ponerse de acuerdo y entre medias hasta una piedra donada por Pio IX acabó en el fondo de las aguas del Potomac. Las anécdotas alrededor del obelisco no debieran despacharse de un plumazo. El edificio más alto del mundo hasta que construyeron la Torre Eiffel en París sigue siendo el edificio más alto de Washington... y lo seguirá siendo incluso cerrado por terremoto si nadie modifica las ordenanzas de urbanismo de 1910 donde se prohibe hacer edificios más altos que el ancho de la calle más seis metros.
sábado, 9 de mayo de 2009
Washington DC, una puerta a la Historia
Washington DC es la capital federal de los Estados Unidos. Es una ciudad con encanto, una ciudad jardín y cosmolita que no suelen
incluir las guias turísticas europeas. Washington es el mundo en un pañuelo. Una ciudad internacional y tranquila donde la burocracia que destilan sus piedras se traslada sin quererlo al aire que se respira. Washington DC es lo contrario a la Gran Manzana, aburrido para muchos y pueblerino siempre para los neoyorkinos. Washington es la ciudad perdida para esos cientos de miles de españoles que vienen y se van de Nueva York sin salir de Mahattan. Los mismos que luego, por lo general, dicen conocer y haber visitado los Estados Unidos hasta poner el grito en el cielo cuando escuchan hablar un poco bien de este lado del Océano. Esta mañana de primavera en el Monumento a los caidos en la guerra de Vietnam, Washington era el Washington que más me gusta. El mejor secreto para ver esta ciudad es madrugar y poder llegar el primero. Poder oler la luz y disfrutar de eso que solo verán los ojos
cuando intentan dasle la vuelta a la alfombra. Me gusta el Mall de Washington, pero por encima de todo me gusta el Muro, la pared dedicada a los caidos en la Guerra de Vietnam. Hace casi 20 años, mi amiga Luz Rodríguez era la
encargada de hacerme de anfitriona y cicerone en la Pared mas famosa de la ciudad. Fue un descubriento que desde entonces nunca he podido olvidar. Trato de repetir aquellos pasos de antaño con el primero que me pide enseñarle la ciudad. Hago siempre lo mismo cuando llego al borde ajardinado del Memorial y tengo enfrente el Lincoln Memorial. Voy a los libros-lista donde alfabeticamente descansan mas de cincuenta mil muertos. Busco un nombre con sabor hispano, localizo su situación al este o al oeste, trato de encontrar la piedra numerada en el mármol negro, contar lineas hasta imaginar en silencio una mortal emboscada. Washington es una puerta de entrada a la Historia, a muchas historias que han cambiado el mundo y nuestra existencia. Mal que nos pese, los estadounidenses de ayer y de hoy, los que han llegado y vivido en estos dos últimos siglos han sido y siguen siendo pioneros de casi todo para lo bueno y para lo malo. El Muro de Vietnam es el
mejor ejemplo. Es uno de los cementerios al aire libre y sin cruces que más ha llegado a impactarme en la vida. Esta mañana, fue el colmo de los colmos cuando descubrí que sus reflejos llegaban mas allá del simple horizonte. Dos vetaranos de la guerra caminaban juntos y en silencio. Se detuvieron a mitad del camino, donde el Muro es casi una fosa natural donde no llegarán
nunca las balas. Pidieron una foto, se hicieron la foto justo en donde la mirada de ayer se fundía con el presente. En silencio, siempre en silencio, caminaron por el Mall de Washington. La plaza mayor de los Estados Unidos es donde mejor se puede repirar el sabor de la Historia. Son diferentes. Ellos han aprendio a buscar los que les une, otros seguimos esforzándonos por descubrir lo que nos diferencia. Esta mañana en el Muro de Vietnam, un muro de la verguenza para porpios y extraños, me quedé con ganas de saber la historia de los dos marines que en silencio habian vuelto a escarbar en la que fue la verdadera y mas difícil Historia de su vida.
incluir las guias turísticas europeas. Washington es el mundo en un pañuelo. Una ciudad internacional y tranquila donde la burocracia que destilan sus piedras se traslada sin quererlo al aire que se respira. Washington DC es lo contrario a la Gran Manzana, aburrido para muchos y pueblerino siempre para los neoyorkinos. Washington es la ciudad perdida para esos cientos de miles de españoles que vienen y se van de Nueva York sin salir de Mahattan. Los mismos que luego, por lo general, dicen conocer y haber visitado los Estados Unidos hasta poner el grito en el cielo cuando escuchan hablar un poco bien de este lado del Océano. Esta mañana de primavera en el Monumento a los caidos en la guerra de Vietnam, Washington era el Washington que más me gusta. El mejor secreto para ver esta ciudad es madrugar y poder llegar el primero. Poder oler la luz y disfrutar de eso que solo verán los ojos
cuando intentan dasle la vuelta a la alfombra. Me gusta el Mall de Washington, pero por encima de todo me gusta el Muro, la pared dedicada a los caidos en la Guerra de Vietnam. Hace casi 20 años, mi amiga Luz Rodríguez era la
encargada de hacerme de anfitriona y cicerone en la Pared mas famosa de la ciudad. Fue un descubriento que desde entonces nunca he podido olvidar. Trato de repetir aquellos pasos de antaño con el primero que me pide enseñarle la ciudad. Hago siempre lo mismo cuando llego al borde ajardinado del Memorial y tengo enfrente el Lincoln Memorial. Voy a los libros-lista donde alfabeticamente descansan mas de cincuenta mil muertos. Busco un nombre con sabor hispano, localizo su situación al este o al oeste, trato de encontrar la piedra numerada en el mármol negro, contar lineas hasta imaginar en silencio una mortal emboscada. Washington es una puerta de entrada a la Historia, a muchas historias que han cambiado el mundo y nuestra existencia. Mal que nos pese, los estadounidenses de ayer y de hoy, los que han llegado y vivido en estos dos últimos siglos han sido y siguen siendo pioneros de casi todo para lo bueno y para lo malo. El Muro de Vietnam es el
mejor ejemplo. Es uno de los cementerios al aire libre y sin cruces que más ha llegado a impactarme en la vida. Esta mañana, fue el colmo de los colmos cuando descubrí que sus reflejos llegaban mas allá del simple horizonte. Dos vetaranos de la guerra caminaban juntos y en silencio. Se detuvieron a mitad del camino, donde el Muro es casi una fosa natural donde no llegarán
nunca las balas. Pidieron una foto, se hicieron la foto justo en donde la mirada de ayer se fundía con el presente. En silencio, siempre en silencio, caminaron por el Mall de Washington. La plaza mayor de los Estados Unidos es donde mejor se puede repirar el sabor de la Historia. Son diferentes. Ellos han aprendio a buscar los que les une, otros seguimos esforzándonos por descubrir lo que nos diferencia. Esta mañana en el Muro de Vietnam, un muro de la verguenza para porpios y extraños, me quedé con ganas de saber la historia de los dos marines que en silencio habian vuelto a escarbar en la que fue la verdadera y mas difícil Historia de su vida.
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miércoles, 11 de febrero de 2009
Lincoln, doscientos años
Felicidades, presidente. Abraham Lincoln cumple doscientos años (1809-2009) . El decimosexto presidente de los Estados Unidos ha vuelto a nacer. La historia y los historiadores estadounidenses, con la ayuda de Barack Obama y con la que ha sido en estos últimos años la reconstrucción de lincolandya, han hecho el resto. Este jueves cientos de miles de personas se unirán para leer de costa a costa, del eterno norte al sempiterno sur, el que fue uno de los discursos más importantes de la vida y milagros de esta nación. No hace doscientos años, los que hoy cumpliría Lincoln, en la ciudad guerrera y campo santo de Gettysburg, el presidente de un país dividido y ensangrentado declaraba el final de una contienda que todavía duele en el profundo ser de la nación más
poderosa de la tierra. Los revisionistas han sacado ahora de nuevo los cuchillos para diseccionar los supuestos pensamientos y voluntades de un presidente a quien un asesino consagró para siempre. Lincoln ha pasado a la historia como padre del estado federal en el que la lucha contra la esclavitud y los derechos civiles se antojaban en logros de un futuro lejano. A Lincoln le quitaron la vida en la platea de un teatro (1865) mucho antes de que pudiera ni tan siquiera dibujar la antorcha llamada libertad. Ahora se lo echan en cara, le llaman algunos aprovechado y hasta mandamás en un intento desesperado de arrebatarle banderas y liderazgos. A Lincoln le han utilizado siempre, la derecha y la mas derecha y hasta los que se creían izquierda y aguantaban la caza de brujas como peligrosos comunistas. Hace solo dos años, un senador llegado hoy desde el estado de Illinois a la Casa Blanca, conseguía vestir de nuevo la imagen y figura del presidente que hoy cumple 200 años. Su aniversario ha servido y sirve para conocer sus logros y milagros, pero tambien sus miserias. Superar el bipartidismo, hacer caja en un país devastado por la contienda civil, dar una vuelta de tuerca al campo y a ese algodón que todavia crecía en la ultima campaña electoral mientras se apagaban los ronquidos de motores en la populosa Detroit son argumentos suficientes para subir a Lincoln al más fastuosos pedestal que todavía hoy preside el Mall de Washington. El cumpleaños de uno de los presidentes mas laureados y reconocidos llega por eso en el momento más oportuno, donde las necesidades de victoria se multiplican en los más variados frentes. La economía y la guerra han vuelto a ir de la mano. Ayer fue el norte y el sur, ahora y en este mundo globalizado los puntos cardinales han saltado en mil pedazos. Un epicentro de lo que ha pasado ha quedado situado en Springfield, hay alli una tumba, un montón de casitas reconstruidas y un museo que recuerdan cuán de película puede acabar siendo la Historia según quien sea el encargado de escribirla.
poderosa de la tierra. Los revisionistas han sacado ahora de nuevo los cuchillos para diseccionar los supuestos pensamientos y voluntades de un presidente a quien un asesino consagró para siempre. Lincoln ha pasado a la historia como padre del estado federal en el que la lucha contra la esclavitud y los derechos civiles se antojaban en logros de un futuro lejano. A Lincoln le quitaron la vida en la platea de un teatro (1865) mucho antes de que pudiera ni tan siquiera dibujar la antorcha llamada libertad. Ahora se lo echan en cara, le llaman algunos aprovechado y hasta mandamás en un intento desesperado de arrebatarle banderas y liderazgos. A Lincoln le han utilizado siempre, la derecha y la mas derecha y hasta los que se creían izquierda y aguantaban la caza de brujas como peligrosos comunistas. Hace solo dos años, un senador llegado hoy desde el estado de Illinois a la Casa Blanca, conseguía vestir de nuevo la imagen y figura del presidente que hoy cumple 200 años. Su aniversario ha servido y sirve para conocer sus logros y milagros, pero tambien sus miserias. Superar el bipartidismo, hacer caja en un país devastado por la contienda civil, dar una vuelta de tuerca al campo y a ese algodón que todavia crecía en la ultima campaña electoral mientras se apagaban los ronquidos de motores en la populosa Detroit son argumentos suficientes para subir a Lincoln al más fastuosos pedestal que todavía hoy preside el Mall de Washington. El cumpleaños de uno de los presidentes mas laureados y reconocidos llega por eso en el momento más oportuno, donde las necesidades de victoria se multiplican en los más variados frentes. La economía y la guerra han vuelto a ir de la mano. Ayer fue el norte y el sur, ahora y en este mundo globalizado los puntos cardinales han saltado en mil pedazos. Un epicentro de lo que ha pasado ha quedado situado en Springfield, hay alli una tumba, un montón de casitas reconstruidas y un museo que recuerdan cuán de película puede acabar siendo la Historia según quien sea el encargado de escribirla.
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