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jueves, 6 de octubre de 2011

Indignados muchos, en las calles pocos

Convocar a un millón de personas por las calles de Washington DC fue un hecho tan histórico que todavía se recuerda en los manuales estadounidenses. Los sueños de Martin Luther King en los años sesenta del siglo pasado marcan también diferencias. Desde entonces, una concentración en la capital federal de los Estados Unidos tiene un antes y un después. Llegar al millón de concentrados es la única solución para empezar a hablar de posibilidades de cambio. Un millón es la barrera para que los que no existen salgan de las tinieblas. Al fin y al cabo, un millón de personas concentradas a la sombra de la Casa Blanca son una ganga en un país de más de 350 millones de habitantes.

Los indignados de Wall Street lo saben pero, a su variopinta filosofía difundida por internet y multiplicada por las redes sociales, añaden el conocimiento propio de que las grandes revoluciones pueden empezar en los asientos de un autobús. La codicia empresarial y la desigualdad económica son ahora los problemas con los que agitar a las masas. ¨No importa cuántos somos, no importa el número, porque sabemos que están aquí quienes trabajan de sol a sol para pagar las hipotecas con las que nos han engañado los bancos¨, dice un joven que no se identifica y que acaba de llegar en metro a la rebautizada Plaza de la Libertad (1331 Pennsylvania Avenue Northwest) en el centro de Washington DC. y a la que se ha convocado con reloj-cuenta atrás desde la web octubre 2011.

La ocupación con vistas al Capitolio y sonido directo a la vecina Casa Blanca será tan larga como la indignación que hasta ahora solo ha reunido a un millar de personas. Sus exigencias -si hablan los veteranos- pasan por parar la guerra, justo en vísperas del décimo aniversario de la invasión de Afganistán. Otros recuerdan los crímenes y las torturas. No faltan quienes piden sanidad para todos, quienes se refugian en cajas a falta de ladrillos como los que se llevaron los bancos. Jaime McDonough prefiere tomar prestado un eslogan puertorriqueño ¨arriba los de abajo¨ mientras unas abuelas llegadas desde el estado de Wisconsin cantan el ¨no queremos más¨.

Desde el pasado 17 de septiembre, desde hace semanas, Occupy Wall Strett, los indignados estadounidenses comparten razas, religiones e idiomas sin el más mínimo sobresalto. Haga frio o calor, caigan chuzos de punta o suden como en este pasado verano, las calles de Nueva York, Los Angeles, San Francisco, Boston, Chicago, Austin, Knoxville, Denver, Seattle, Philadelphia, Richmond... se han llenado de un rosario de reivindicaciones, tantas como quien conteste al que pregunta, pero siempre todos convencidos de que no quieren que nadie se aproveche de sus circunstancias. Ni tan siquiera la policía neoyorkina que en un arrebato por velar el orden público, como este miércoles ocurría en Seattle, sumaban casi ochocientas detenciones de un golpe en medio de una lamentable lucha videográfica.

Facebook y twitter, las grandes plazas

A reglón seguido, hace solo unas horas, sindicatos y universitarios neoyorkinos han demostrado no hacer oídos sordos a la voz de la conciencia que suena, desde Zuccotti Park, desde el sur de la isla de Manhattan y a las sombras alargadas de la bolsa neoyorkina. Los indignados quieren quedarse tiempo y se han organizado para no perderlo. Las manifestaciones se suceden, pero en el improvisado campamento se celebran asambleas diarias, se imparten clases de economía para quienes no saben, se comparten libros a cielo raso y no falta ni cafetería para andar por casa. Hay siempre mas buena voluntad que resultados, aunque lo más sorprendente es la inmediatez con la que viaja la solidaridad por las redes sociales. Twitter (casi 47 mil seguidores) y Facebook (página con 114 mil fans) son con un periódico alternativo de dos páginas los mejores altavoces de la indignación.

Ahora, conseguida una primera portada en The New York Times y no por detenciones ni acciones policiales, ya se sabe que los policías neoyorkinos pueden no irse de rositas después de la que era hasta hoy la noticia más popular. Youtube es solo una muestra de lo que ahora ya no se tapa. En una demanda colectiva se acusa al Departamento de Policía de Nueva York de un “esfuerzo premeditado, planeado, preparado de antemano y calculado para limpiar las calles de manifestantes y desbaratar el creciente movimiento de protesta en Nueva York”.

El sindicalista y activista del movimiento “Bail Out the People”, Tony Murphy, no se mordía la lengua."Estamos aquí para decir que el departamento de policía de Nueva York y el alcalde Bloomberg tienen que mantenerse lejos de "Occupy Wall Street", dejar de acosar a este movimiento y detener los arrestos masivos. Liberty Plaza, que es el centro de "Occupy Wall Street", está a un paso de Goldman Sachs. Si quieren arrestar a alguien, deberían ir a Wall Street, a la Bolsa de Valores, y arrestar a los que están ocupados despojando a las personas mayores de sus casas y perjudicando las pensiones de la gente. Esos son los que realmente están haciendo daño a la gente y deberían ser arrestados".

La llamada clase política, los demócratas y republicanos metidos ya en campaña, hacen como que no ven la que se les viene encima. Algunos como el republicano Ron Paul se presta a dar la mano al ex candidato presidenciable Ralph Nader, la vieja encarnación de la que nunca fue una tercera vía verde capaz de enfrentarse a la maquinaria del poder bipartidista. Son cantos de sirena si ¨los indignados -dice Bryce Campbell- no buscan un líder, como hizo el Tea Party estos últimos años, para proclamar y defender sus exigencias. Aquí es como se funciona, porque las decisiones asamblearias no llevan a ninguna parte si alguien no reclama la voz y el protagonismo de la protesta¨.

Subirse al carro por lo que pueda pasar

Los más despiertos se han subido al carro de Ocuppy Wall Street reclamando poner en limpio su particular ideario. No faltan catedráticos dispuestos a impartir doctrina y hasta ¨vender¨ una agenda política con la que acabar con todos los males. Griffin Tarpley es uno de esos ¨sabios¨ capaces de descubrir a los universitarios cómo primeros consumidores. Los estudiantes estadounidenses suelen endeudarse hasta las cejas para pagar sus carreras. La independencia familiar de la que hacen gala cuando cumplen dieciocho años tiene altísimos costes y siempre sin marcha atrás. La situación de crisis, la falta de horizontes, el descubrir que pueden ser la primera generación que viva peor que sus progenitores hace el resto a la hora de pedir una amnistía hipotecaria. (Sacar un título en Estados Unidos puede endeudar de por vida al estudiante. Barack Obama acabó de pagar los créditos recibidos para sus estudios en Yale cuando llegó a la presidencia.)

Actores, actrices, cineastas y gentes de la cultura se pasean junto a los indignados estadounidenses con palabras solidarias y montajes extraordinarios. Un día u otro siempre hay nuevas noticias de célebres visitantes a las Plazas de la Libertad. Quien puede dirigirte un e-mail a tu correo particular es el mismísimo Robert Greenwald, un hombre que ha demostrado que los documentales y películas más comprometidos pueden financiarse y distribuirse a través de la red. Greenwald ha regalado al movimiento un video al que añade una convocatoria particular. Después de todo, nada es gratis y conseguir ayudas de 20 ó 50 dólares son más que suficientes para financiar nuevos proyectos.

Los periodistas estadounidenses no se han quedado a la zaga. Aunque sus medios son escépticos a brindar titulares y noticias de los indignados, los que escriben artículos en periódicos no pueden mirar hacia otro lado. El domingo pasado, Nicholas D. Kristof jugaba a comparar banqueros y revolucionarios en una muy celebrada columna. La tesis era muy similar a las que hemos leído en Europa. ¨Los indignados fallan en sus exigencias -escribe- Realmente no tienen ninguna. A veces, los participantes defienden causas que son quijotescas¨.

Kristof apunta el remedio. El puede ofrecerse de intermediario. Pasar a limpio las propuestas más relevantes, no aquellas que piden la solidaridad con el venezolano Chávez o dar a los indios 20 mil millones de dólares para ¨perdonar¨ la brutalidad con que fueron reprimidos por el presidente Jackson. Hay que ser más serios y es ahí donde los indignados van a buscar su caldo de cultivo, repiten siempre que les dejan. ¨Somos indignados y estamos apuntados a este movimiento el 99 por ciento de los ciudadanos -dice el interlocutor que no quiere identificarse en Washington DC a las preguntas de Crónica Popular- Somos el 99 por ciento los que pagamos y sufrimos para que solo el 1 por ciento restante haga y deshaga a su libre antojo¨.

Barack Obama ha escuchado de lejos y desde la Casa Blanca a los convocados a ocupar la capital federal de los Estados Unidos. Todavía, el presidente no se ha dirigido a ellos personalmente pero en el subconsciente no ha podido olvidarles. Hablaba con ABC News mientras su entrevista era emitida en directo a través de Yahoo. "No creo que los estadounidenses estén mejor que hace cuatro años. No están mejor que lo que estaban antes de la quiebra de Lehman, antes de la crisis financiera y antes de esta extraordinaria recesión que estamos atravesando. Creo que lo que hemos visto es que hemos sido capaces de un progreso constante para estabilizar la economía, pero la tasa de desempleo (9,1%) sigue siendo muy alta"

Los indignados estadounidenses, como les traduce en lenguaje apto para el sistema Nicholas D. Kristof, se darían con un canto en los dientes si consiguiesen que los grandes bancos no pudieran volver a socavar el interés público. Las hipotecas han enriquecido a los banqueros pero han terminado dejando a los gobiernos endeudados y a muchos ciudadanos, además, sin sus casas. Las diferencias entre ricos y pobres se han hecho todavía más grandes y el grito de esperanza, acompañado por la no violencia, no debiera acabar siendo absurdo.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Compañeros, venimos a informar

Mis primeras clases teóricas sobre periodismo fueron en la madrileña carretera de la playa. Todo un presagio, porque en Madrid todavía está por llegar el agua del mar. Cuando la primera promoción de jóvenes perioditas fue a la universidad vivía Franco en el Pardo y no pasaba ninguna de las cosas que pasan hoy. Las clases discurrián sin pena ni gloria hasta que un grupo de peligrosos alborotadores decía eso de ¨compañeros, venimos a informar¨. En más de una ocasión tuve la oportunidad de sumarme al comando informativo. ¿Eres de la Joven Guardia Roja? ¿Eres de los nuestros o de la ORT? Yo solo era un pardillo enamorado. Se trataba de parar la clase y de no ser fichado por el secreta de turno. Y luego, a correr. Hacer dedo en la gasolinera de San Sebastián de los Reyes y no parar hasta llegar a San Sebastián. Han pasado poco más de treinta años y parece que fue ayer. COMPAÑEROS, VENIMOS A INFORMAR. Esta vez, los compañeros y quienes informan viven en libertad. Hay una Constitución que consagra el derecho sagrado a la huelga. Y van siete huelgas general desde que vivimos en democracía y la madrileña carretera de la playa dejó de ser factoria informativa. Nada es igual, pero no todo es diferente. A veces, me pregunto si aquellos viejos locos y soñadores que iban de clase en clase mirándose de reojo aprendieron alguna lección. Seguramente han sido y son producto de su tiempo y de su época. Como hoy los son sus hijos y lo serán sus nietos el día de mañana. Ellos, que solo querian informar, no jugaron ni con ordenadores ni pleyesteision. No sabían que Internet estaba a la vuelta de la esquina. No imaginaban que un teléfono móvil cargado de mensajes podría alienar sus vidas. Ellos solo soñaban con un mundo mejor que al final -parece- no es este en el que vivimos. O no lo debiera ser, si el corazón aún late a la izquierda y la sangre sigue siendo colorada. Huelga general en España. Ahí es nada. En Estados Unidos se preguntan qué es un sindicato. En China quedan embobados al descubrir por qué hay servicios mínimos. En Alemania, buscan dónde y cómo leer la reforma laboral convertida en ley. En Chile, descubren que casi no conocen a Zapatero y que no saben nada sobre Mendez, Toxo o unas siglas que terminan leyendo de corrido como CeCeOO. La Red tiene esas ventajas y esos inconvenientes. La huelga general puede acabar diluyéndose como un azucarillo en una taza de café caliente. Compañeros, venimos a informar. El reto es hacerlo bien. Yo empezaria quitanto entrecomillados y declaraciones para explicar algo más de aquello que dicen unos y otros. Un parrafo puede ser suficiente para contar qué es lo mejor y lo peor de la reforma laboral convertida en ley. Creo que esa es la última razón de esta séptima huelga. Desde la distancia, me huelo que alguien quiere acabar con nuestro estado del bienestar. Que un gobierno de España nos quiere colar el despido libre, que nos jubilemos más tarde que el resto de los europeos, que hagamos cosas que ellos no hacen... Peligra hasta la siesta. Todo esto me lo imagino porque no soy capaz de encontrarlo en ninguna parte. Escucho y leo que Zapatero nos engaña, que es un trilero y hasta un azul-avatar. Me parece estupendo pero quiero saber más. Quiero que me digan cuán endeudado estoy yo y lo estarán mis hijos en la tarea de hacer nación de naciones. Necesito cuentas claras y saber dónde y cómo se gasta el dinero de todos. Hay que poner más números encima de la mesa. Sonrojarnos con el tanto por ciento de parados es poco. Aplicarnos a colocar letras del tesoro acaba siendo un cuento para niños. Está claro. Es mucho pedir que un comando informativo pase por la carretera de la playa. La solución salta a la vista. Es mejor y más propio discutir los números que arroja el seguimiento de la séptima huelga, lo mal que se han portado los piquetes informativos, lo descarado de algunos servicios mínimos... más si quien los elaboró es tan de derechas como Esperanza Aguirre. Todo vale, hasta ese pupurri interminable de declaraciones entrecomilladas que al fin y al cabo son la única información real que se acaba ofreciendo al respetable.