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martes, 26 de agosto de 2014

...que me entierren en Astorga

   Si, ya sé que no le importa a casi nadie, pero para mí es importante que me entierren en Astorga. Mis
seres queridos, los que ya no están y descansan debajo de la losa a la que mi hermana María José acaba de poner encima unas margaritas blancas, mis seres queridos eran de la misma idea que acabaron haciendo realidad. Mi padre quería descansar junto a su padre. Y mi madre junto a su marido. Ella se salió con la suya, no digo que por mi intervención, pero mi padre se quedó con las ganas.  Mama hizo sus cálculos en voz baja.  Trajinó con cajas y muertos por doquier y decidió cual sería su futuro. Si mi padre descansaba junto a su padre, mi madre no podría descansar junto a mi padre.   Faltaba sitio, solo cabía un muerto en la tumba del abuelo. Y como el que primero marcha, no tiene opción a decidir, mi madre cambió las voluntades para salir airosa en la que podía ser la última palabra.  Todo quedaba en casa, se dijo. El panteón familiar son dos tumbas pegadas pared con pared en el cementerio de Astorga. Lo que de noche pueda pasar en una fosa, seguro que se enteran los vecinos de la otra. No está claro que nadie vaya hacer ruido en las ruidosas tierras maragatas, aunque algún coño seguro que ya ha escuchado carbonines por tan osada decisión. A mi, poco me importa. De momento, mi deseo pasa por incinerarme para ocupar menos sitio y llegado el caso hasta repartir las cenizas. Un pedazo junto al abuelo, otro, junto a mis papis y otro –si quiere que no querrá- que se lo quede Nuria a la que garantizo larga vida para hacer finalmente lo que se le venga en gana. Así son las mujeres, incluso para que los hombres puedan fiarse después de muertos. Ellas cortan el bacalao pero también son únicas en multiplicar los recuerdos. Como Maria José, como mi querida hermana mayor capaz de recordar como ella solo sabe lo que son las viejas y mas bellas tradiciones. Angelines y Juan Mari tenían siempre un minuto para visitar a los suyos. Lo hicieron hasta cuando los suyos criaban malvas en un cementerio, hasta cuando no se levantaban para darles un beso y agradecerles esas flores que durante meses dejaban sobre la piedra como mejor señal de que –yo como ellos- quiero que me entierren en Astorga.     

jueves, 4 de agosto de 2011

Adiós mamá, hasta la vista.

Llegó ese día que una amiga y compañera de milagros radiofónicos me había anunciado que era un día de vértigo. Es el día en que te quedas sin referencias, recuerdo que me dijo. Se te acaban las oportunidades de preguntar. Pierdes las llaves con las que abrir el baúl de los recuerdos. Lo más curioso -me pasa ahora- es que se te hace un nudo en la garganta y... Y en lo más profundo de mi corazón sigo pensando que no faltarás a nuestra cita. Que hoy volveremos a estar juntos, como cada día desde ese otro día que descubrimos que un teléfono podía ser un abrazo en la distancia. Esta vez, no has sido tú la que dijo adiós. Anoche, después de tu dulce día loco, se me aparecieron los fantasmas. Mi mamá se muere, me dije para mis adentros sin decírselo a nadie. ¨Me parece que se ha cortado¨, eso es lo último que oí que decías. Y vaya que si se ha cortado, mamá. No quise hablar contigo de nuevo para no asustarte. Tenía miedo, como el que tú no tuviste al despertar por la mañana sin el azúcar necesario para mover ese corazón que al final acabó cobrándose peaje. Los Rubio y el corazón de sus chicas, ya sabes Angelines... Ese corazón que vimos que siempre regalabas a los de casa sin necesidad de cuidarte o dejar que te cuidaran. Buen viaje, mamá. No habrá necesidad de pararse dónde quieras. Esta vez no discutiremos, no tendremos que llevarnos la contraria. Esta vez, solo déjame mirarte y saber que detrás de un día de vértigo podrás arreglártelas para seguir respondiendo a muchas preguntas. Ojo con volver a caer rendida a los brazos de tu Juanín y olvidarte de todo y todos. Déjame soñar, mamá, déjame pensar que todavía podrás pasarme alguna llave con la que abrir el eterno baúl de nuestros miles de recuerdos compartidos.


INCOMPRENSIÓN
Eloy Rubio Carro A Angelines Rubio

La muerte llega con la cara perpleja,
los hombros disminuidos
de amor sin aliento.
¿Qué habré hecho yo?
Bebe en los panes la hortensia
de clarear el día...
Duras fueron las palabras
en su costra de oído,
eran huecas como un tambor
y recitaban la noche con una melopea de ciervos
nerviosos,
tanteados por mastines de rebaño.
Yo vería a qué vibraban,
a que ojos dormían en el rumor del tiempo
si hubiera transcurrido su gracia
longeva...

Así yo las percutía
en salmodia.
¿Qué hemos hecho? ¿Qué habremos hecho?
Habíame olvidado ante quién,
y las tenía
por su distinto sentir.

Wikio


martes, 21 de julio de 2009

J Airam



J Airam no ha podido ni podrá decirnos nunca cual es su última decisión. Se acaba, se nos va sin podernos decir adios. Se muere enchufado a un respirador. No sufre, solo tiene una infección descontrolada que acabará con su vida. Acabará con su parkinson y con su demencia senil. Tiene fiebre y un tubo por el que recibe medicación y alimento. Se muere. No se queja, ni tan siquiera es capaz de espetarle un coño a quien lleva la guadaña. Se va sin hacer ruido pero preocupado por saber si los dineros del Banco de España siguen a buen recaudo. Esa fue desde hace años y hasta el último minuto de su existencia una de sus procupaciones, no la única. Una vida con Angelines imprime carácter y marca exitencias. Ni cuando J Airam perdió la memoria se olvidó de llamarle guapa. Era la contraseña, era mama y era la esposa a la que nunca le ha faltado de nada. Ahora sí, ahora le va a faltar todo y de golpe. Nunca se ha hecho a la idea de quedarse sola ni estando sola. Eso se lo debes, porque J. Airam fue marido antes que padre. Y Angelines fue esposa antes que madre. Esa es la ley de una casa donde la familia siempre ha imprimido carácter. Esta noche papa es el primer inocente. Niñas, ya no habrá salidas con invitación a cenar en las mejores mesas. Pero tranquilas, como mama. El no sabe la que le espera. Nos deja un poco más solos para que lo imaginemos. Cada uno como quiera y donde quiera. A mi no me lo quitan de la cabeza. Esta noche o mañana, el abuelo Magín cogerá a legaña por banda y le hará su primer nuevo encargo. Pepe Fudrique puede entretenerle en la jugada echándole una carrera o sirviéndole una copa. Una de toros, una de vinos, una de mus... son las buenas cosas de aquí las que en el fondo le esperan allí. Buen viaje, papa, y espero que algún día nos las vuelvas a contar a la familia y en Astorga. No te has ido y ya espero tus Cosas de Aquí... en mi máquina y en mi habitación.